"El espíritu de Shakespeare se percibía por todos lados; ella lo sentía como una presencia incorpórea que parecía murmurar: "estoy aquí, pero no me encontrarás en persona." Tenía los pies sobre la tierra y era esquivo; al escaparse dela tiranía del egoísmo no deseaba imponerse sobre los demás, y su espíritu ofrecía una gran sensación de libertad. El diario de Virginia le confiere el lugar de figura central de un idilio utópico. "Él está serenamente ausente y presente; ambas cosas a la vez; irradiándose a nuestro alrededor; sí; en las flores, en la vieja sala, en el jardín, pero jamás se lo puede localizar." Al entrar en la iglesia vio el busto de Shakespeare, obra de un escultor anónimo, y la sencilla lápida sobre su tumba, que contrastaban notoriamente con el carácter solemne de los monumentos en homenaje a Swift. El epitafio de Shakespeare, exigiendo al visitante no remover sus cenizas, confirmaba su impresión de que él era "todo aire y sol sonriendo serenamente y sin embargo allí a treinta centímetros yacían los pequeños huesos que habían desplegado sobre el mundo esa vasta iluminación". Ese fulgor era lo que ella llamaba "anonimato": impersonal, ausente y presente, aquí y en otro lado, imposible de ubicar. Su Shakespeare se había implicado en la vida cotidiana y había esquivado con astucia sus engañosos enredos.
Esa "luminosa impersonalidad" era precisamente la cualidad que buscaba para su propia obra (...) La luminosa atmósfera de Stratford era una celebración de la vida creativa. Sus edificaciones sólidas y sin pretenciones, rodeadas de jardines floridos y ubicadas "en el mismo corazón de la tierra", brindaban un refugio admirable, una comunidad modesta y estable donde, según imaginaba, Shakespeare había encontrado la serenidad entre "la furia y la tormenta del pensamiento". Y también un escape al egocentrismo del "gran hombre". Virginia aprobó el hecho de que no hubiera dejado nada que revelase sus gustos o hábitos personales; prácticamente ni siquiera su firma, de la que existía una sola original, según le contó el cuidador. Todas sus pertenencias, libros, muebles, cuadros, habían desaparecido con el paso del tiempo. (...) No dejar nada salvo un conjunto luminoso de obras, estar completamente ausente y al mismo tiempo presente y más allá de la fama, volcarse por completo a la creación, ése sería el ideal del ciclo creativo del artista. "Ahora pienso [que Shakespeare] era muy feliz con esto, que no existía el impedimento de la fama, sino que su genio fluía de él, y que todavía está allí, en Stratford.""
De "Virgina Woolf, la medida de la vida", de Herbert Marder. Ed. Adriana Hidalgo.
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Mi autora favorita escribiendo sobre uno de mis dramaturgos favoritos... No me pude resistir
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